Posteado por: Lobo | septiembre 6, 2012

Despedida definitva

Hoy es de las pocas veces que hablaré en serio desde el título. He conocido mucha gente en este blog y fuera de este blog a lo largo de mi vida, y creo que es el momento de deciros adiós.

Hace un tiempo estuve muy malo, y de nuevo vuelvo a estarlo. Las noticias no son nada buenas, y a pesar de que queda un halo de esperanza, pequeño, he asumido lo peor.

Con lo cual, sólo os pido una oración por mi, y si no funciona, sed buenos, de verdad.

 

besos

Posteado por: Lobo | agosto 7, 2012

Agusto en Agosto

Ha pasado mucha peña por mi vida, por delante de ella o gente que se ha quedado. Por suerte estos son los menos, y me siento agusto porque no necesito a nadie más. El tiempo me ha demostrado que esto es así. Tengo a mi mujer, mi familia y mi grupo de amigos, y dentro de estos, los hay que pueden darse por aludidos como tales y los que no, ya lo saben. Jamás me arrastraré ni un metro más para engordar este grupo. Con lo que, de nuevo, muy agusto digo… QUE OS DEN POR CULO. Rastreros y rastreras, bandidos, hipócritas e hipócritos, manipuladores masculinos y masculonas, fals@s, no os necesito. Me podéis chupar la polla todos y todas.

Adiós

Posteado por: Lobo | julio 10, 2012

Adiós

He logrado matarle… he matado ese fantasma que tenía subido a mi espalda y del que no conseguía deshacerme. Años de miedos, años de relación parasitaria con él. Por fin, vida nueva, y ahora sí. Me he deshecho de él, y soy libre. Al fin.

Posteado por: Lobo | julio 3, 2012

joder… ¿¡GROSERO!?

Posteado por: Lobo | junio 28, 2012

Un secreto (in)confesable

Hoy por primera vez voy a contar aquí algo que he mantenido oculto a lo largo de casi 25 años años de mi vida… Algo que me ha torturado como una albóndiga de espinas ponzoñosas atrancada en mi garganta, y que creo que ha llegado el momento de que lo vomite y espante así los fantasmas que durante tanto tiempo me han estado atormentando. Juro que lo que os voy a contar sucedió tal y como es.

Recuerdo claramente que era verano, seguramente después de una intensa jornada de piscina matutina, y estaba atardeciendo. Yo me había peinado con raya y me había preparado un bocadillo de tortilla francesa, que después de haber permanecido durante un buen tiempo conservado en papel de aluminio, se había quedado como un junior cheiw. Me había puesto mi camiseta de acid house y equipado con mis calcetines de tennis cup y mis J’hayber, dispuesto a jugar al que sería el rescate definitivo, el último rescate, aquel para el que estaba dispuesto a dejarme la vida si era necesario, y todo esto con la simple excusa de salvar a Silvia, mi princesa encerrada en la torre custodiada por un horripilante y celoso dragón. Quería que me viera dejándome la vida por ella, que, agarrada a una farola de una mano y de la otra al resto de su equipo, esperaba que un valeroso caballero como yo recortara con arte a sus captores y tocara su mano para liberarla de su tedioso cautiverio. Todo era por ella, por Silvia, aquella chica por la que un año antes juro que lloré en mis vacaciones a Tarragona mientras escuchaba Carrie de Europe, de lo que la echaba de menos.

Llegaba el momento de la verdad: el momento del pares y nones, que, de ganar, te daba derecho a ser el primero en elegir al más rápido de entre todos los jugadores, mientras los aspirantes formaban un circulo alrededor de aquel primer duelo sin par. Tiene gracia cómo en aquellos días, el más cotizado de todos fuera mi mejor amigo, que por mantener su anonimato, no diré que era Fer, y que hoy tiene las tetas en posición diagonal. Maldito paso del tiempo y maldita gravedad. En ese mismo precioso instante, toda la alegría que venía acumulando desde por la mañana, se desvaneció cuando mi mirada se cruzó con la suya. Recuerdo que el cielo se tornó gris en un momento, y un sudor frío me subió hasta el paladar al verle allí de pie, en una sospechosa segunda fila. Dado mi constante hijoputismo por aquellos años, que ya se había convertido en algo habitual, era normal que olvidara que asiduamente estaba dando por culo a algún semejante, y la semana anterior le había tocado a él. Claramente al poco rato de insultarle, meterme con su nombre, con el tamaño de su espantosa cabeza, y con su olor, me había arrepentido, pues sabía que antes o después me iba a encontrar con él en inferioridad de condiciones. El momento había llegado.

El juego había comenzado, y todos nos dispersamos por los vastos jardines de la que era mi urbanización por aquel entonces. Sobra decir que yo no me separaba de mi equipo, en ningún momento debía permanecer sólo, pues el sólo hecho de encontrarme a solas con cabezón, me daba auténtico pánico. ¡Podía pegarme! ¡Incluso podría sangrar! ¡Sangrar! ¿Qué había peor que sangrar? Pues si, había algo peor que sangrar. Y peor que eso era encontrarme con cabeza delante de Silvia, porque las consecuencias de ese encuentro podrían marcarme de por vida, así que todos los malditos astros de la maldita vía láctea de todo el maldito universo y extranjero se juntaron, y es lo que sucedió, que, sin saber cómo, me sorprendió sólo con la rubita a escasos 10 metros de distancia. Suficientes sin duda para contemplar mi caída como caballero salvador. El enfrentamiento no se hizo esperar, y ahí estaba yo, delante a cabeza, que tenía los ojos medio abiertos y las puntas de su pelo abiertas y castigadas por un mal uso de un champú con el ph no adecuado para cabellos foscos como el suyo. “¿Qué tienes que decir ahora?” Esas fueron las cinco palabras que me dijo antes de agarrarme por los dos hombros y aplicarme una mortal de necesidad llave de judo que consistía en pasar su pierna detrás de las mías y empujar mi inutilizado tronco superior, de manera que yo caería derrotado y habiendo recibido mi merecido castigo. Y ahí estaba yo, tendido en el suelo, víctima de un osotogari perfectamente ejecutado, sin sangrar, pero con el orgullo herido de muerte y con la mirada de Silvia clavada en mi pueril cuerpo que en ese momento se recuperaba en el suelo del tremendo golpe que había sufrido. Reconozco que no fue el golpe lo que me dolió, lo que recuerdo que me dolió como una patada en la cojonea fue el orgullo. Ese recio orgullo que todavía hoy me sigue jugando malas pasadas, y que es el capitán general de mi gran colección de defectos.

Es aquí cuando viene el momento más humillante de mi vida, y que como os anticipaba, no he contado a nadie hasta hoy. Por una parte, creo que por situaciones líderes en absurdo como ésta, se pasa sólo una vez en la vida, y la parte positiva de todo esto es que a mi me tocó vivirla a la tierna edad de 10 años, a día de hoy seguro que resulta más traumático. Cualquier persona, o personita, en su sano juicio, se habría levantado y dadas las circunstancias, habría sacado las uñas y comenzado una encarnizada pelea que habitualmente consistían en rodear el cuello con el brazo del oponente, alguna patada que otra, y por lo general, finalización con el vencido echado en el suelo y el ganador erguido sobre él. Pero yo no pude, cabeza me daba miedo, miedo de verdad ¡era dos años mayor que yo! Y dos años en esa etapa de tu vida podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte, entre ser el que acaba arriba o el que acaba abajo. Y es que yo no aprendo, siempre tendía a meterme casualmente no con el más débil, sino con el que más cabeza tuviera, peor oliera o de nombre mas gracioso gozara, independientemente de la edad que tuviera. No pude enfrentarme a él, Silvia me miraba, yo estaba atemorizado porque él estaba buscando una excusa para continuar el enfrentamiento con los puños, y las piernas me temblaban. Así que opté por elegir la peor de las salidas. Mientras la mirada expectante de Silvia y amenazante de cabeza se clavaban en mi, salió de mi boca la palabra más humillante, repipi, cursi y pedante que todavía hoy me provoca escalofríos sólo de recordarla: “¡Grosero!”. Joder…¡Grosero! ¡Le llamé grosero, lo juro! En fin… ahí acabó el enfrentamiento. Entiendo que nadie en su sano juicio se atrevería jamás a iniciar ningún duelo con alguien que esgrime palabra tan poderosa como aquella.

Poco tiempo después le di un folio a un tipo que me pidió papel, ya que estamos confesándonos.

Posteado por: Lobo | junio 26, 2012

Ari

Es difícil girar la cabeza y no verte. Anhelo la limpia y brillante cortina que te esconde, y cómo detrás de ella el fuego crepita con rabia lasciva. Anhelo el olor que me emborracha por las mañanas, ese que me lleva a perpetrar locuras con alevosía y ensañamiento, mientras tu me haces ver desde la distancia, desde la maldita distancia, cómo mis locuras quedan a la altura del betún. Soy un simple alumno a tu lado, jamás podría haber imaginado de ti ciertas cosas, cosas que han aparecido cuando he rascado esa carcasa oxidada que te esconde y te protege.  Ahora diluyamos los pecados entre sonrisas, conversaciones sobre plantas y visitas intrascendentes, de esas que sabemos que acabarán sin éxito alguno. ¿Y qué más da, si no es eso lo que nos importa? Pero como no echemos tierra sobre esta hoguera a tiempo, nos vamos a quemar y de qué manera. Hasta que nos sangren las ampollas, y ya con la cabeza agachada, recordemos lo suave y lo rico.

Posteado por: Lobo | abril 26, 2012

Disfrutad

De esta mariconada de canción que grabé.

http://www.goear.com/listen/b26ec4b/for-my-wedding-gonzalo

Posteado por: Lobo | abril 4, 2012

Historias para no dormir en un ascensor

Vuelvo. Hoy he tenido que llamarle al orden a un repartidor de Agua de Bronchales. Hemos coincidido en el ascensor y no paraba de silbar “tú y tú y tú y solamente tú” del jodido Pablo Pollas en mi cara, teniendo yo que soportar las fétidas consecuencias de sus horas de sueño empapando su maldito esófago de ácidos estomacales. Si por lo menos hubiera silbado otra cosa me habría enfadado menos.

Posteado por: Lobo | marzo 5, 2012

Eme

Cierto día Leiva estuvo de paseo por mi cabeza y esto fue lo que encontró. Deliciosa, terriblemente cierta y bella. El beso de hoy es para ella.

http://www.youtube.com/watch?v=3BXOzU4HFpI&ob=av2n

Posteado por: Lobo | febrero 28, 2012

Soy un cadáver en potencia

A ver si consigo acabar este año.

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